lunes, 17 de enero de 2011

Perdonar es.. estar en Paz

Ya han transcurrido más de dos semanas del mes de enero; sin embargo, todavía estamos a principio del año, y por lo tanto, sigue siendo un año nuevo. Tal vez al momento de alzar la copa al compás de las doce campanadas para despedir el año anterior, hicimos varios propósitos, o tal vez  ni uno, pero quizá haya por ahí, en lo más recóndito de nuestros sentimientos, algún rencor, alguna ofensa que nos hayan hecho, alguna traición a la amistad, quizá una infidelidad, algo que nos impide estar en paz. Entonces tenemos la oportunidad de hacernos un buen propósito: perdonar, disculpar, o pedir perdón y ofrecer disculpas. Darles vuelta o arrancar de plano las páginas de nuestra vida que nos causan sólo inquietud, intranquilidad. Muchas veces no le damos importancia a ese sentimiento, que es como si tuviéramos una especie de roña en el alma y pensamos que la causa es por culpa de otros, que pensar en ello es una tontería, que no vale la pena, pero no obstante, la seguimos anidando en nuestro interior, sufriendo calladamente. Amado Nervo escribió que  “Lo que nos hace sufrir nunca es “una tontería”, puesto que nos hace sufrir”.

Quien no se atreve a perdonar una ofensa o aceptar una disculpa, nunca se sentirá libre. Lo mismo sucede con quien jamás se atreve a pedir perdón o a ofrecer una disculpa por los errores cometidos, igual vivirá con la sensación de que la pena le envenena el alma.
Möliere decía que “Todos los hombres se asemejan en las palabras y no son sino los actos los que los muestran diferentes”. Tomar la decisión de liberarnos de esas cargas que ocasionan los rencores y los resentimientos es hacernos un bien a nosotros mismos.
¡Quitémonos esas cargas! Echemos fuera los enconos y hagámonos la firme decisión de liberarnos de ellos. Si tenemos que perdonar ¡hagámoslo ya!
Si nos están pidiendo perdón por alguna ofensa, perdonemos; pero perdonemos con el  corazón. Que no nos quede en el alma ningún rencor, ningún remordimiento. Si nos ofrecen una disculpa, debemos de aceptarla; eso quiere decir que quien nos la ofrece está reconociendo su culpa. Si pensamos que no podremos olvidar la ofensa, no importa, cuando menos la hemos lavado con el agua del perdón.
En mi libro Destellos hago referencia a una anécdota que me tocó vivir durante una conferencia en la ciudad de Chihuahua, cuando toqué el tema del perdón. Una madre de familia pidió la palabra para dar un testimonio de lo que para ella significaba el acto de perdonar. A esta señora le habían asesinado a su única hija, y nos describió el desgarrador dolor que tuvo que padecer durante seis años con  terapias, para encontrar resignación. Lo expresó con estas palabras: “El proceso de una acción de perdón para quien me arrebató brutalmente mi tesoro más preciado, mi más grande amor, mi pequeña, fue muy difícil; pero ya no lo juzgo. Yo sólo trasmito amor porque eso es lo que más sé dar. Yo ya lo perdoné, aunque la cicatriz está ahí y seguirá por siempre, pero el no perdonar me hacía tanto daño que estuve al borde de la muerte”.
Parece imposible ¿no? Pero hay corazones que ante el infortunio buscan a Dios, se acercan a Él, y obtienen la fortaleza y la razón para sobrellevar los actos más dolorosos.
Anidar odios y rencores en nuestro espíritu nos ocasiona sólo sufrimientos, vivir siempre resentidos por las ofensas recibidas. Y lo peor de esta situación, es que todo eso que sentimos tenemos que tragárnoslo, soportar esa mala experiencia solos, porque en el mayor de los casos, quien nos infirió la ofensa, ni siquiera sabe o se ha dado cuenta de lo que estamos padeciendo.
Por el contrario, si sabemos que hemos ofendido a alguien, si estamos ciertos de que le causamos algún daño, tampoco viviremos en paz si no lavamos nuestra ofensa encarando el problema y con firme convicción, buscar a quien ofendimos para decirle: ¡Perdóname! Sé que te ofendí y te pido tu perdón y si es posible, que olvides mi falta.
Como humanos que somos, todos caminamos por el filo de la rectitud y expuestos a resbalar, a cometer errores, a ofender y ser ofendidos. Pero tenemos también la oportunidad, muchas veces, tantas como queramos, de enmendar nuestros errores y comprender que nuestra capacidad de juzgar es muy pobre.
Seguramente habrán leído la antigua leyenda que dice que el dios Júpiter colocó dos alforjas sobre el hombro de cada ser humano. En la alforja de adelante cada quien lleva los defectos de los demás y en la alforja de la espalda van sus propios defectos.
Por eso es que tenemos tantos ojos para las fallas ajenas y las criticamos sin cesar, mientras casi ni vemos nuestras fallas y limitaciones. Pues bien es mejor echar fallas propias y ajenas en la alforja de atrás. Cambiar con amor lo que podemos y aceptar lo inevitable.
Ahora que principia el año, cambiemos la crítica destructiva por la comprensión. No archivemos ofensas ni queramos ser jueces implacables, porque llenaremos de veneno nuestras almas. Así tendremos menos necesidad de pedir perdón.
¡Ánimo!

                                                                                  Dr. Cesar Lozano

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